Tirada en la cama, dando caladas al cigarro, ensortijándote el pelo. Hablas como si fuese fácil, como si no fuese más difícil decirlo que hacerlo. Sabes de las salidas de emergencia y de las ventanas que se cierran para no abrirse más.

Tirada en la cama, leyendo números atrasados de Caza y Pesca, tú dándome carrete, yo cazando sueños. Actúas como si no fuese contigo. Como si las dagas no cortasen por ambos filos, como si los perdigones no se disparasen solos.

Tirada en la cama, girando el cenicero con los pies, derramando el tinto sobre la almohada. Miras como si fueras nueva en esto, como si no supieses los tiempos. Tú dijiste que el escapismo no era posible sin magia, yo puse la magia, tú te dejaste la llave en casa.

Tirada en la cama, escuchando “Joy” de Isaac Hayes, tocándote. Gimes como si yo no estuviese ahí. Arqueas la espalda, te retuerces, me deshaces las sábanas. Para esto quedó tu espontaneidad y descaro, yo buscaba frescura, tú me la diste hasta mayo.

Y aún me preguntas por qué partí tu cigarro,  por qué quemé las revistas, por qué tiré el cenicero por la ventana, por qué rallé el vinilo. Y aún me preguntas por qué prendí fuego a la cama, contigo dentro.

 

 

Las aspas del ventilador son lo único que mueve el aire de la estancia, por lo demás cargado debido al humo de cigarros puros y el calor que desprenden cuerpos en ignición. Él, a solas, sentado en la mesa más cercana a la puerta, observa la escena con mirada queda mientras apura el penúltimo Davidoff.

Ella baila despreocupada, se sabe el centro de atención cuando sube los dos brazos y mueve la cadera dibujando eses en el aire. Sigue a la perfección el ritmo de “Mosiba Ana Galbi”, como si el Cheb Hasni lo hubiese escrito pensando en el juego que su pelo trama con el ángulo trazado entre su cuello y hombros. Perfecto.

Él la ve aparecer y desaparecer entre el gentío, contorneándose, dando vueltas sobre sí misma, subiendo y bajando los brazos. Ella no se mueve del sitio, son el resto de personas los que parecen gravitar en torno a sus ojos marrón infinito. Cada cierto tiempo, cuando se hacen huecos entre la concurrencia, consigue ver cómo su camiseta blanca ajustada se separa de sus pantalones bombachos color marrón para dejar ver su estómago liso. Es en esos instantes cuando sus miradas se encuentran, y no se separan hasta que la muchedumbre se vuelve a interponer.

Esta situación se da 4 veces en los dos cigarros que dura la canción. A pesar de haber varias decenas de personas en la sala, parece como si ella bailase para él y él fumase para ella. Antes de que termine  y la gente se disperse, él abandona la habitación, dejando que el Davidoff se consuma lentamente en el cenicero al lado del paquete de cerillas.

Sabe que antes de que el cigarro se apague, el paquete de cerillas volverá al bolsillo interior de su chaqueta. Raï mediante.

Empezó por el estribillo, o quizá es ahí donde me di cuenta de que era esa la canción.

Ella solía ponerla siempre que estábamos desnudos el uno en frente del otro. Decía que sólo así la sentía plenamente. Yo se la cambiaba para hacerla de rabiar. Luego daríamos vueltas de campana entre las sábanas, peleándonos, hasta quedar totalmente enredados entre ellas, como jugando al Twister. Como jugando a la goma. La del patio del cole, no la del asiento de atrás del Sedan.

Desde ese momento, esa canción quedó ligada a ella, y precisamente por eso la dejé de escuchar. No quería volver a revivir el día en el que empezamos a morir. La conseguí eludir en noches de soledad, en mañanas de resaca y en tardes de acción contenida. A un click, la tentación de zambullirme en la autocompasión era grande. Aún así, esquivándola durante meses, ella buscó la forma de volver a mí, en silencio, de entre las sombras del pasado.

Aquella tarde de domingo, bajé a la frutería de la esquina a comprar algo para hacer zumo. Sudando, con la cabeza dando vueltas por el alcohol barato y la comida picante. Con la bolsa de frutas en una mano, y con la otra abriendo la cartera contra mi pecho para coger las monedas con que pagar. Con la mirada borrosa, la oí. Aquella vez empezó por el estribillo. O quizá ya había empezado para cuando me di cuenta.

O quizá siempre estuvo en mi cabeza, y ese momento fue en el que la empecé a olvidar. A las dos. Un domingo.

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Shanghai, julio 2011

Me levanto empapado en sudor, con picaduras de mosquitos en mi tobillo, muñeca y nudillos, con las marcas de las sábanas grabadas en mi pecho y espalda, numerosas heridas de batallas libradas sobre la nórdica. Soy un Guerrero de Sueños. Salgo de la cama tambaleándome hacia la nevera. No queda zumo, no queda leche y anoche, sediento por los gin tonic, acabé con el poco agua embotellada que me quedaba. Me muero de sed.

Corro hacia la ducha mientras me despojo de la ropa interior, el agua sale moderadamente fría y al entrar en contacto con mi cuerpo abrasado me estremezco. Paso varios minutos dejando que ésta me refrigere, me repare, calme mi sed a partir de mis poros sedientos de líquido, a sabiendas de que en cuanto cierre el grifo, volverá el infierno. Salgo de la ducha a medio secar, el calor hará el resto. Las huellas que voy dejando tras de mi en el parqué se desvanecen antes de que las gotas tengan tiempo de configurar la forma de mis piés. Miro por la ventana de mi habitación el panorama desolador que presenta Shanghái un 3 de julio a la una de la tarde.

El sol quema el asfalto, que escupe humeantes imágenes de irrealidad en respuesta, como alaridos de dolor o llameantes ánimas atrapadas en la realidad cero. Los pocos transeúntes que recorren las calles, lo hacen parapetados por parasoles, resguardándose bajo las sombras de los árboles. Huyen del sofocante calor como si un reactor P-47 Thunderbolt americano estuviese patrullando los cielos soltando ráfagas de caos. Me decido a bajar a la calle, aturdido, quizá en proceso de deshidratación. Sufro un verdadero vía crucis durante los 40 pasos que me separan del 7 eleven de la esquina. Corro al estante de los refrescos, cojo dos botellas de litro y medio de agua Nongfu Spring y me apresuro hacia la caja registradora. Sólo caigo en la cuenta cuando, al liberarme del peso de las botellas, me palpo los bolsillos. Están vacíos. Me he dejado el dinero en mi piso. También las llaves. El calor me nubla la consciencia. Pero soy un Guerrero de Sueños.

Shanghái, Junio 2011

En la tienda de la esquina venden dvd’s copiados. Filmes que consiguen esquivar la censura china y colarse en cubetas polvorientas, donde permanecen indefinidamente, hasta que la humedad borra las carátulas, hasta que la indiferencia las va relegando poco a poco hacia el fondo del cajón, hasta que, en definitiva, dejan de existir para las masas. Tras las comedias románticas, pasados los títulos bélicos que recrean la masacre de Nanjing, apartadas todas las películas de época que reconstruyen fielmente el “Período de las Cinco Dinastías y los Diez Reinos”, ahí donde los ácaros hacen escocer las yemas de los dedos cuarteados, ahí, en la oscuridad del olvido, es donde están ellas. Entre películas de porno gay amateur de Hong Kong y cintas de bondage de los 90’, se encuentran las verdaderas joyas. Cine de culto del maestro Xie Fei, del famoso Chen Kaige y su compañero de promoción de la academia de cine de Pekín, Zhang Yimou, o el controvertido Tian Zhuangzhuang junto con trabajos de directores cuasi noveles como Kit Hung o Hsao Ya Chuan.

Xie Fei me inquieta. En Black Snow retrata la vida de un outsider de la sociedad. Quiere reinsertarse, quiere volver al rebaño, quiere ser de nuevo partícipe de los ritos y costumbres sociales que le fueron negados durante años. Pero una vez más, la biblia miente. No hay hijo pródigo, porque el padre misericrdioso no quiere ovejas descarriadas. El filme es también un relato descarnado sobre la soledad. La soledad real, no la autoinfligida. Esa que poco a poco va sorbiendo tus intestinos como si fuese ramen caliente. La soledad paradigmática es la que siente Raskólnikov tras hacer caso a su razón. A partir de ahí, todos los tratados sobre soledad humana en el arte no son más que copias.

Elijo las películas por la portada. Justo como hacía con los discos cuando no existía internet (“Lleno tu cabeza de náutica y al final te compras el disco por la portada”). Así topé con Taipei Exchange. Apesta a producto prediseñado, a calco estilístico de Amelie o Chocolat, a cine afrancesado. Pero la mirada tierna de Lunmei Kwai me seduce y hace que acabe entrando en su juego. Igual que ella cambia jabones de hoteles de Mogadiscio por pedazos de vida que nunca pudo protagonizar, yo cambio otro frame más viendo su gesto anhelante por el sentimiento de saberme embaucado por mercadotecnia barata. Filosofía pop, pero me convence el resultado final. Como me convence Soundless Wind Chime, con su fotografía impecable y su ritmo lento y la historia de Pascal y Ricky, dos almas que se acaban encontrando en la jungla humana de Hong Kong.

Veo las películas tumbado en el sofá, a veces lucho por no quedarme dormido, muchas no lo consigo. En esas ocasiones cierro la tapa del portátil con pesadez y a tientas y me quedo dormido. Mi sueño se convierte en una prolongación de la historia que minutos antes seguía con interés, pero nunca termina como debería. Lunmei Kwai cierra la puerta tras de sí. Sólo puedo adivinar su silueta que el sol recorta con malicia al contraluz. Con incredulidad, sólo en la habitación, miro mis manos abiertas. Contigo no funcionan mis poderes.

Hanoi, Abril 2011

Durante las tres horas y media de vuelo, me entretengo mirando por la ventana el cielo oscuro. La curvatura de la tierra me proporciona la sensación óptica de estar en el espacio, con estrellas allá donde mire y con una miríada de luces desordenadas a mis pies, símbolo del próspero sudeste chino.

Volar de noche me hace sentir especial. Me sumerjo en la intimidad tejida cuidadosamente por las sombras, surco el alma de la noche como un murmullo, en silencio. Cuando la oscuridad se percata de mi presencia, me obsequia con una descarga de perezosas turbulencias que van al ritmo de lo que en ese momento sale por mis auriculares.

El Airbus de China Eastern no es cómodo, es imposible encontrar la postura adecuada. Tras probarlas todas, me decido por la horizontal, con el cinturón puesto en diagonal, desde mi cadera hasta mi hombro, la cabeza contra la ventana y los pies asomando en el pasillo. Como compañero de viaje he escogido los versos reflexivos y tranquilos de Elphomega. Su poder descriptivo ayuda a concentrarme y estimula mi imaginación. Recorrer los 48 cortes de su discografía dura tres horas y 15 minutos. A falta de tres canciones para acabar su último disco, una azafata me hace una señal con la mano para que desconecte el iPod y vuelva a la postura vertical. Estamos a punto de aterrizar.

La apariencia de una ciudad en la noche desde las alturas da la verdadera medida de su enjundia. No hay engaño ni disimulo posible, como un desnudo, no caben trampas ni efectos ópticos. Cuanto más imbricado y rico es el manto de luces, mayor relevancia se le adivina a la urbe. Hanoi son destellos tímidos, frágiles, dispersos. Saigón es una jungla de neones y LED, poderosa e insinuante. Son diferentes pero iguales, como los hermanos Karamazov.

El norte de Vietnam es pobre. Al menos, pobre desde el punto de vista material, estricatemene económico. Aquí y allá niños jugando a la petanca, pero en lugar de bolas, utilizan chanclas. Pequeños tenderetes de fruta jalonan la carretera cada pocos metros, pero la mercancía es muy escasa, los plátanos parecen pasados, los mangos son escuálidos, sin carne y la pitaya carece de ese rojo sugerente que se le presupone en estas latitudes.

Surco decenas de pequeñas aldeas con casas prefabricadas de cemento y madera, paredes grises, porches desnudos, diseño frugal. Da la sensación de que todo se construyó con carácter provisional, esperando la llegada de tiempos mejores para poder erigir villas de dos pisos, revestidas de brillantes pigmentos. Pero los tiempos mejores son como ese pariente al que siempre se le espera pero nunca aparece. Cada casa ha sido cien veces parcheada, y cada una de esas cien veces iba a ser la última, hasta que todo empezó a cambiar.

Los hijos de agricultores están encontrando acomodo en la industria, que aunque genera un bajo valor añadido, es fuente de mayores ingresos para la economía familiar. El turismo está regando de dólares la región, creando miles de empleos y revitalizando zonas antes muertas. Las exportaciones a Estados Unidos, China y Europa están en máximos históricos. Vietnam es la economía de mayor crecimiento del mundo tras China y Según Goldman-Sachs, en el 2025 será la 17ª potencia mundial. En el 2050 tendrá un tamaño económico equivalente al 70% de Reino Unido.

La mejora de lo macro va modulando poco a poco a lo micro. Por eso las pequeñas viviendas funcionales dan paso a edificaciones más ostentosas, construidas entre toda la familia, poco a poco, ladrillo a ladrillo, van creciendo fuertes y vistosas. Es la encarnación de la parábola vietnamita.

Pasamos la DMZ (Demilitaricised Zone) cuando el sol empieza a asomar por el horizonte. Sueños de NAPALM y agente naranja me desvelan en mitad de la noche. Sólo es el traqueteo insistente del tren. A partir de ese momento, no dejo de tener pesadillas, sueños horribles que me despiertan en mitad de la noche. Hué, Hoi An, My Son, Saigón…distinta cama, idéntico señor gris a sus pies.

En Hué pedaleo por las callejas, adentrándome en la jungla y llegando a mausoleos creados por antiguos emperadores chinos. La naturaleza resquebraja las estructuras y les confiere un aire apocalíptico. El silencio se puede respirar y masticar, asfixia. Como asfixia el calor, que a las 7.30 de la mañana, ya empieza a ser intenso.

Saigón es el espejo en el que se mira toda la nación, orgullosa. Hablas con los lugareños y sientes la pulsión latente. Saigón tiene un sueño. La atmósfera de humo denso en el cabaret francés se ha disipado, los párrafos deliciosos de Marguerite Duras reposan sobre el alfeizar de la ventana del Hotel Continental, las baguettes ya no se hornean crujientes, pero la capital ha sabido reinventarse por enésima vez. De la pompa colonial a la fanfarria del neón, mantiene su vista fija en el horizonte. Saigón tiene un sueño, decía. Es ser el faro económico del Sudeste Asiático. Que lo consiga o no, carece de importancia. El mero deseo tiene una potencia transformadora que escapa a cualquier análisis. El deseo es la dinamo del cambio. Ho Chi Minh es el deseo.

Shangai, Enero 2010

Son las 6.50 de una tarde gélida en el inmisericorde invierno de Shangai. El mismo entumecimiento de dedos, la misma insensibilidad de pies, las mismas luces de neón reflejándose en el suelo húmedo. Camino con la cabeza baja, la barbilla encajada entre la bufanda y la corbata, tratando de aislar de la manera más eficaz posible mi cuerpo del frío. Dejo tras de mi el enorme bloque de oficinas en el que trabajo, donde las horas languidecen frente a una pantalla blanca y las letras helvética once son mi hábitat.

Los escasos veinte metros que separan la puerta de mi rascacielos de la parada de taxis los recorro con la vista fija en mi ipod. Cuando llego, aún no me he decantado por ningún autor. Tampoco tengo claro qué género escoger. La libertad de elección nos hace débiles, inseguros, eternamente dubitativos. Por fin levanto la mirada para hacerle un ademán al taxista. Abro la puerta derecha del compartimento trasero y saludo mientras tomo asiento. Doy mis señas al conductor y él frunce el ceño, las repito con diferente entonación, una sonrisa vaga y un meneo de cabeza como respuesta. Repito utilizando diferentes sonidos las seis sílabas que juntas indican el cruce de calles en el que se encuentra mi apartamento. Yan-Ping-Lu-Xin-Zha-Lu. Tras varios intentos escrutados a través del retrovisor por la mirada divertida del chofer doy con la entonación y la pronunciación adecuada. El vehículo se pone en marcha. Ahora si, vuelvo al ipod. Géneros. Hip hop USA. The Illz. The shining. Play.

Me hundo pesadamente en el asiento de atrás, apoyo la cabeza ligeramente en el cristal y poco a poco dejo a mi mente vagar. Mientras Antonio Tosca canta al amor, a la ambición, al fracaso y a los sueños truncados, veo desfilar la ciudad ante mí como en un viejo cinexín. Ejecutivos con maletines paran taxis en Yan’an Xi Lu. Dos chicos hacen cola en un puesto de Dim sum para cenar. Un grupo de chicas esperan al bus en silencio, pendientes de la blackberry. La tendera de una frutería ríe mientras habla con una clienta El taxi se detiene en un semáforo y veo una joven pareja que camina al unísono. Ella, sin previo aviso se para en seco y se agacha. Parece que va a coger algo del suelo, cuando se cubre la cara con las manos y empieza a sacudirse convulsamente. Está llorando. Él, que al parecer no se ha dado cuenta, se para dos pasos más adelante, se gira y la mira entre perplejo y contrariado. Pasan varios segundos hasta que decide acercarse a consolarla. Se agacha, le coge suavemente la cabeza y susurra algo. Todo forma parte, intuyo, de un torpe intento de arreglar algo irreparable. Porque la mirada de él es fría como el inmisericorde invierno de Shangai. Y el mismo entumecimiento de dedos, la misma insensibilidad de pies, las mismas luces de neón reflejándose en sus ojos. Entonces ella levanta la vista. El taxi arranca de nuevo, giro la cabeza para no perderme el desenlace. Quiero avisarla de que la frialdad de su mirada es más real que sus cálidas palabras. De que no hay nada más difícil de ocultar que la indiferencia. Pero la ciudad vuelve a ponerse en marcha perezosamente frente a mis pupilas a medida que el viejo Volkswagen Santana va acelerando la marcha. Y un niño camina de la mano de su padre, en sus ojos solo hay admiración. Y una pareja camina de la mano, ella posa la cabeza en su hombro, él desliza un beso furtivo en su frente. Y…

Y Shangai prosigue su marcha. Un día más.

 

Goa, Octubre del 2009

“You’ve come a long way baby” es el título de un disco que escuchaba mucho cuando tenía 15 años. Antes de que Guardiola utilizase el “Viva la vida” de Coldplay para acicatear a su tropa, yo utilizaba el “Right here, right now” para motivarme antes de las pachangas de tenis. Probablemente ahí empezó todo.

Ante una maleta verde llena de ropa, pero también de miedos, complejos e inseguridades, un niño contiene las lágrimas a punto de separarse de sus padres por primera vez. Ese avión despegó en Julio del 2000. Aún sigue volando.

Esta bitácora no estará sujeta a márgenes de estilo ni contenido. Mi intención es que flote en una nebulosa espacio-temporal. No tengo la intención de convertirlo en un monólogo sobre mis vivencias presentes. Al menos no exclusivamente. Porque mi “yo” de hoy está influido por mi “yo” de ayer, siento que no puedo dar de lado el pasado.

 Porque gran parte de lo que soy ahora tiene su génesis en aquellos convulsos años de adolescencia, quiero rendir tributo a aquel niño titulando así el blog. Gracias a él estoy hoy aquí y ahora.

 Todas las fotos y textos, salvo indicación, son de cosecha propia. Abróchense los cinturones…despegamos.

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